"20 MINUTOS"
MAYO DEL 2004
"EL EMBRUJO DE LAS 7 PUERTAS"
NOVIEMBRE DEL 2004.
"EL MUNDO"
DICIEMBRE DEL 2004
"TEATRE VLC"
(La Teaua Revista de Teatre i Dansa)
NOVIEMBRE DEL 2005
"BLOG NAUGRAFO DIGITAL"
DE EDUARDO LAPORTE
(blogs.periodistadigital.com/elnaufrago.php )
NOVIEMBRE DEL 2005
"HUMOR NEGRO"
Tarde de noviembre, metro de Madrid, en una línea normal (bueno, circular), con gente normal y abrigos normales, donde nadie piensa en otra cosa que sus preocupaciones normales, en esa hora tan normal como las 18.32. Tan normal como las 7.39 de un 11 de marzo de 2004.
De pronto, hacen aparición dos locoides disfrazados como de duendecillos del bosque y jugadores de béisbol, algo difuso, con esos sombreros élficos y triangulares sobre la cabeza. Empiezan a arengar al personal: “Primer y único espectáculo del Teatro Mágico…, chasquido igual a aplauso…, chasquido igual a aplauso”. Hay señoras con reuma, ecuatorianos que no entienden bien, amas de casa apocadas, un tipo con aspecto de profesor que busca complicidad en mi mirada fruncida, miradas incómodas, fastidiadas. La gente que quiere ver un show se va al teatro Alcázar, me amarga esta tortura vespertina gratuita.
“Venga, no sean tímidos… No me han oído, chasquido igual a palmada”. Un grupo de estudiantas con manoletinas les siguen el juego, con sus risas metalizadas en el ortodoncista. Ríen, mecen sus melenas, aplauden. ¡PLAS!
Parece que estoy metido en uno de esos telefilmes angustiantes de la sobremesa, esos telefilmes que son de una ficción tan real como el secuestro del colegio de Beslán, y otras desgracias que no me vienen ahora a la cabeza. Uno de los dos elfos sudorosos, el que lleva la voz cantante, tiene la piel tostada, y por un momento me asusto por partida doble: porque pienso que es árabe, y porque pienso que soy un racista. Qué queréis. También nos asusta ver una mochila en un vagón de tren de cercanías y nadie es misomóchilo, esto hay que dejarlo claro.
No parece un fundamentalista islámico, ciertamente, pero lo que está claro es que ambos personajes están completamente chalados, o al menos lo demuestran: “Ah, ¿usted se baja aquí?, que suerte ha tenido. Miren, se baja en Metropolitano, qué afortunado”, y le apunta con algo que simula ser una cámara. Siento un raro, inusitado, acojono del que me avergüenzo. Quedan bastantes paradas hasta Avenida de América. Y descubro que tienen algo peor que una mochila, un macuto bastante considerable que puede contener cualquier cosas: bolas circenses de colorines o goma2 de la buena.
Siento también otro mal rollo ante lo que podría considerarse como un cuadro paranoide. Pero noto que no soy el único achantado. “Esto es un espectáculo televisivo, no me hagan bajar la audiencia, no queremos que baje la audiencia, ¿verdad…?” El guión es penoso, no hay lógica, es una sarta de paridas inconexas. Y escucho esto, y se me revuelve un poco el estómago: “Verán ruedas girar, piernas volando y juegos malabares”.
El mal rato continúa un poco más. Después, como si hubieran hecho unos cuantos “más difícil todavía” se disponen a pasar la gorra, y noto que el personal permanece impávido, tan sólo las estudiantas les ríen las gracias. No parece que recauden muchos euros, pero siguen dando brincos por los vagones, como si hubieran consumido ración extra de setas mágicas de algún druida generoso. Mientras, sueltan una frase que al menos me produce cierta risa: “Hagan el amor todos los días del año”. Se bajan, para alivio de los viajeros, en Rep. Argentina y dedican una larga y sentida reverencia al convoy, esperando una ovación inmerecida que no llega. El metro arranca y ellos siguen agachados y todos respiramos ya, y sentimos las corbatas aflojarse y la Avenida de América como una salida de emergencia balsámica y acogedora.
No está el metro para bollos.
MARZO DEL 2007
"RE-ENCUENTRO CON TEATRO MAGICO"
Ayer por la tarde subí al metro y en vez de caras largas y miradas perdidas, encontré carcajadas, aplausos y una chirigota muy sana, en la circular y habitualmente gris y cargada de retrasos línea 6, Madrid. Aquello, lo digo sin ironías, parecía un anuncio de cocacola, toda esa gente joven, de Ciudad Universitaria, muchos de ellos sin más preocupaciones que las notas de sus parciales o la cita para la próxima calimochada, reían como miembros de un taller de risoterapia. A mandíbula batiente, que se dice.
En seguida intuí quién podría estar detrás de esas alegres risotadas y, en efecto, esta vez no hubo dudas. Uno de esos actores callejeros (o suburbanos) llevaba un peto azulón con un logotipo en la espalda (bastante currado) que decía Teatro mágico. Llegué a los postres, y sólo vi a uno de los cómicos pasando la gorra, en la que deposité 50 simbólicos céntimos, en señal de mi reconciliación con esta moderna banda de titiriteros. No intuía el buen hombre ese simbolismo de mi gesto, mientras iba clamando de esas consignas que, si aquel día me parecieron incómodas, ayer me gustó escuchar. “Aplaudan si les ha gustado, bostecen si se aburrieron”, o algo así, gritaba con entusiasmo. “Si en la vida crees que enloqueces, no enfurezcas, ve a por peces”. Realmente, echaban energía y el vagón se contagió de ella, pues parece que esta gente actúa como si fuera la primera vez, y esto es meritorio, porque de todo se aburre uno, hasta de divertirse. “Sean felices, sigan sus sueños”, se despidió el actor mágico, con el pelo sudoroso del esfuerzo.
De pronto, por una esos mecanismos reflejos humanos de atribuirse las cosas buenas a uno mismo, pensé que quizá aquel post del otoño pasado había contribuido a que estos cómicos dejaran inequívocamente clara su comicidad. Desde luego, el uniforme con el logo del Teatro Mágico no daba lugar a dudas, y la gente entendía aquel show como un espectáculo que sólo buscaba la risa, y algunas monedas, y no la tensión psicológica de unos presuntos perturbados con una bolsón en el suelo lleno de a saber qué.
Porque la vez anterior que los vi, la gente no sabía si aplaudir o llorar, si reír o bostezar, excepto unas jovencitas con manoletinas con pocas lecturas de sus periódicos a sus espaldas, fundamentalmente sobre terrorismos, coches bomba, gente que empuja a gente en las vías de los metros (hace poco hubo otro caso) o descarrilamientos fortuitos del vagón. El metro es un lugar sensible, donde la gente busca refugio en las lecturas, o escrutando con disimulo el rostro del vecino de enfrente, o parapetados bajo el sonido de sus iPod de imitación. No conviene hacer ciertas bromas, como aquello de “verán piernas volar”, que tan mal me sentó entonces, en ese espectáculo que yo no supe entender bien, ni la mayoría de los viajeros, me temo.
El Teatro Mágico puede ayudarnos a sobrellevar ese tránsito hacia ninguna parte que es todo viaje en metro, y me alegro de que hayan matado esa ambigüedad de sus anteriores espectáculos. A partir de ahora viajaré con la esperanza de volvérmelos a cruzar, porque la dosis de magia es necesaria cada día, casi más que los yogures con soja, el HeroFruit2day y la fibra de los olbran con elecaseiinmunitas para controlar los ácidos grasos que nos obstruyen los triglicéridos del alma.
"BLOG ALTER-POLITICO"
de CARLOS BARBUDO
(http://www.barbudo.es/wordpress/)
Al estilo de la película Noviembre esta tarde me topé con un actor precario en el Metro.
Con un maletín donde se podía leer “Imagina Fantasía” y de una guisa bastante peculiar este amigo se dedicó a buscar su acordeón por el vagón. Tras fracasar se dispuso a pronunciar dos palabras jamas escuchadas en el Metro de Madrid: Buenas tardes.
A continuación de tan osada empresa y tras nombrarme “Presidente del vagón” -por ser el único en responder- expuso de forma muy acertada la causa de que la mayoría de los usuarios prefieran mirar para otro lado o ignorarle en sus actuaciones: el miedo. Nos relató como todos tenemos miedo a algo, nosotros a que nos atraquen, los civiles de los militares, los militares de las armas, las armas de las leyes, las leyes de los políticos, los políticos de los ciudadanos…
Consiguió las sonrisas de algunos y los aplausos de la mayoría y, esforzándose los suficiente, quizás logre que algunos saluden la próxima vez que entren en un vagón. Mi humilde persona se lo pensará, algo es algo.
Por cierto, lo importante de su actuación no fue el dar las buenas tardes sino la narrativa del miedo que expresó justo después. Que quede claro: si consigue que más de uno se cuestione el porqué del papel central que ocupa el miedo en nuestra sociedad conseguirá que nos planteemos muchas cosas. Quizás demasiadas.

